Si ayudo a una sola persona a tener esperanza, no habré vivido en vano.

Martin Luther King (1929-1968) Religioso estadounidense

martes, 1 de septiembre de 2015

HUMO NEGRO

Esta noche la enfermedad me ha mostrado su cara más lúgubre y oscura. Tumbada en el sofá, esperando a que Ariadna, mi hija, regresara de una cena de cumpleaños, temblores oscuros que me impedían el habla y el movimiento han aparecido por mi cuerpo como pequeños monstruos al acecho de su presa.
A su llegada, el típico saludo de bienvenida se ha visto sustituido por un “acompáñame a la cama y avisa a tu padre, los temblores han reaparecido”.
Sujetada por unos brazos jóvenes, mi cuerpo se dobla como una hoja caduca que cae con la llegada del otoño.
Tumbada ya en el lecho de descanso, un humo negro  aparece en la habitación. Su presencia me produce un estado de alteración y de llanto incontrolados e intermitentes.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? —pregunta mi marido, mientras me abraza y me acurruca en su regazo.
—Me voy a morir, me voy a morir —titubeo entre sollozos.
—No te vas  morir, tranquilízate —contesta.
Pasan los minutos y la tragedia da paso a la comedia más absurda jamás vivida:
Mientras intento reposar y sosegarme, el brazo derecho se alza ante mí y me empieza a dar golpes en vientre y pierna. El brazo izquierdo, que lo ve, me defiende y agarra la mano derecha para frenar los movimientos rebeldes de mi enemigo. Cuál es mi sorpresa, que las dos manos se unen y continúan con los golpes.
Ante tal sinrazón, empiezo a reír de manera convulsiva, hasta que me tranquilizo y me duermo.
Escle ha aparecido envuelta en un humo negro que ha convertido mi noche en una tragicomedia sin sentido.
¿Dónde estaba el humo blanco?


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